miércoles, 5 de febrero de 2014

En el planeta azul

On the blue marble

Os voy a contar una historia. Érase una vez, un planeta azul plagado de seres de distintas especies. De entre todas ellas, había una que destacaba especialmente. Se hacían llamar seres humanos y habían conseguido evolucionar hasta límites insospechados. El desarrollo de tecnologías de la información les había proporcionado un nivel de interconexión verdaderamente extraordinario. No obstante, la información representaba un arma con gran poder de destrucción y había algunos individuos a los que no les temblaba el pulso a la hora de utilizarla en contra de los demás.

El humano Carlos Gómez, de una región conocida como La Florida, había experimentado en sus propias carnes el daño que era capaz de hacer este arma en manos de un empleado de banca reconvertido en delincuente. Le robó su identidad para realizar operaciones de lavado de dinero y el señor Gómez fue detenido y permaneció arrestado durante meses hasta que se aclaró lo sucedido.



Efectivamente había ocasiones en las que los habitantes del planeta azul preferían ocultar su verdadera identidad. Aunque no siempre era necesario robársela a otra persona. Existían sitios webs como fakenamegenerator.com que generaban identidades falsas muy completas, de forma gratuita y con un sólo clic. A pesar de que su creador no hacía nada ilegal, se había forjado muchos enemigos.

Los datos personales reales de los humanos tenían un gran valor. Por ello, se habían convertido en el objeto de deseo de los cibercriminales, que querían enriquecerse vendiéndolos en el mercado negro. Para ello, ideaban campañas de email engañosas, también conocidas como “phishing”. Por ejemplo, les ofrecían un supuesto trabajo en épocas en el que el desempleo era muy alto para requerirles que les enviaran sus detalles personales y su currículum.

Los equipos informáticos, resultado de la evolución tecnológica de estos seres, eran habitualmente el objetivo de muchos delincuentes. Estos individuos se movían por avaricia y programaban todo tipo de malware para enriquecerse a costa de los usuarios a los que infectaban. Sin embargo, muchas veces, los signos de su presencia eran evidentes: mensajes de antivirus falsos, barras de herramientas desconocidas, redirecciones en búsquedas web, contraseñas que cambian repentinamente, dinero que desaparece de la cuenta bancaria y un largo etcétera.

La preocupación que existía por proteger el dinero y las cuentas de los ciudadanos llevaba a incontables instituciones a realizar estudios y a dar consejos sobre seguridad a diferentes actores de la sociedad. Por ejemplo, el conocido como Banco Central Europeo, lanzó una “Guía de recomendaciones para la seguridad de los pagos por Internet” dirigida tanto a las entidades supervisoras de los servicios de pago (PSPs), como a las autoridades de gobierno.

Ni siquiera el país más poderoso de aquel planeta, llamado Estados Unidos,  era capaz de permanecer blindado a las amenazas de los cibercriminales. La red de su sistema de salud, donde se almacenaba la información personal de millones de seres humanos, había sido desarrollada por programadores vinculados a una región rival conocida como Bielorrusia. Los servicios secretos de EE.UU. tenían fundadas sospechas de que dichos desarrolladores habían insertado códigos maliciosos en el software de la red para permitir futuros ciberataques.

Llegado a este punto, he de aclarar que toda la historia que os he contado hasta ahora es real y que sucede hoy en día en la Tierra. Su final, sin embargo, aún está por escribir.

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