martes, 25 de noviembre de 2014

La quema de brujas como concepto del mundo digital

En la mitología clásica, las brujas eran seres humanos con la capacidad de transformarse en animales, devorar almas y transformar las leyes físicas a su antojo. No es sino hasta el 1400 cuando la Iglesia acepta bajo su seno la presencia de brujas, que pasan a ser mujeres que han llegado a un acuerdo con el Diablo, y requieren por tanto del fuego para purificar su espíritu. La quema de brujas sirvió durante siglos como excusa para saldar cuentas familiares, ayudando a mantener la creencia retrógrada de la mujer como un ser inferior y pecaminoso.


La quema de brujas ha evolucionado con el paso del tiempo, volviéndose más sutil y perdiendo (afortunadamente) tanto las causas como los objetivos y efectos de las mismas. Ahora a quien “se quema” es a los usuarios o a las compañías, como ha sufrido en el día de ayer Sony Pictures, que se despertaba con un hackeo de su intranet que se puede haber saldado con la futura publicación de datos confidenciales. ¿Teaser de películas en camino? ¿Contratos y acuerdos de la industria del cine liberados? Veremos lo que ocurre en los próximos días.

La privacidad del ciudadano, y el difícil equilibrio entre esta y la protección civil. Una quema de brujas que ha llevado a una persona desconocida a conseguir que la policía de Seattle tenga que hacer públicos los registros de las cámaras con la que este cuerpo cuenta en muchas de las calles de la ciudad. El siguiente paso, dice este ciudadano que ha decidido mantenerse como anónimo, es que los dispositivos pasen a ser controlados por un organismo neutral, y que sea la policía la que tenga que pedir permiso para acceder a los registros.

Una quema de brujas que en no pocas ocasiones nos acaba salpicando. El gobierno británico sigue en la firme decisión de monitorizar el uso que sus ciudadanos dan a Internet, obligando a las compañías de telecomunicaciones a guardar un registro de toda la actividad de sus clientes, que podrá ser requisado por las fuerzas del orden. La razón, la de siempre: pornografía, piratería y seguridad nacional.

Una Santa Inquisición que surge como represalia a esa figura mística de la brujería. Un organismo capaz de señalar con el dedo a un posible culpable, amparándose en la opinión de un tercero. En el caso de los numerosos hackeos a webcams, afortunadamente, no hay un claro causante. Por un lado, los fabricantes, que por motivos comerciales construyen dispositivos con configuraciones de alto riesgo. Por otro, los desarrolladores del software, con aplicaciones Plug and Play (“conéctelo y úselo al momento”) que utilizan por defecto contraseñas fácilmente accesibles en una búsqueda en Internet. Y por otro, los usuarios, que se niegan a dedicarle cinco minutos extra a configurarlas de forma correcta, fomentando el surgimiento de páginas en las que podemos espiar locales geoposicionados, con el riesgo que ello conlleva para la seguridad del establecimiento.

Para cuando el límite entre nuestros datos y la exposición de los mismos recae en una única contraseña, no está demás disfrutar de la lectura en formato Long Post de The New York Times titulada ”La vida secreta de las contraseñas”. La historia del cómo el análisis forense de Cantor Fitzgerald después del accidente que se saldó con casi el 80% de fallecimientos de los 700 empleados de la oficina permitió recuperar las contraseñas de todas estas víctimas en apenas 48 horas.

Un recordatorio de que a veces somos nosotros mismos quien nos dejamos quemar, más a sabiendas que la mayoría de servicios, como los de Google, ofrecen cada día más herramientas para securizar nuestras cuentas: registro de actividad simplificado, control remoto en caso de robo, dispositivos familiares como método de recuperación de contraseñas y como no, el doble factor de autenticación.

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